Mis compañeros de trabajo suelen hacer bromas con mi compulsión por clasificar la vajilla en el lavavajillas siguiendo una pauta muy precisa (platos pequeños arriba, platos más grandes abajo, tazas pequeñas en dos pisos a la derecha, tazas medianas en el centro, vasos de agua a la izquierda, ... no es tan difícil, ¿no? ;)). Cuando alguien no sigue El Sistema al meter platos en el lavavajillas me pongo muy nervioso, como si algún misterioso equilibrio estuviera a punto de romperse. No obligo a nadie a seguir El Sistema, pero no puedo evitar poner las dichosas tazas en orden antes de enchufar el lavavajillas. Como diríamos en Catalunya, "qui no té un all té una ceba" (lit. "quien no tiene un ajo, tiene una cebolla", significando que todos tenemos nuestras rarezas).
Siempre he creído que existe un Orden subyacente para las cosas, para los eventos y para el Universo en general. Mi cosa con el lavavajillas es tan sólo una muestra de mi búsqueda de la perfección estética, de la simetría, de la completitud. Soy consciente que esta búsqueda fluye en contra de la Segunda Ley de la Termodinámica, que no es rival pequeño contra el que luchar, pero también sé que tan sólo soy un pequeño peón en el gran tablero de ajedrez universal, y que no estoy solo.

Los humanos no podemos ver el gran plan, porque nuestros cerebros son demasiado pequeños y limitados para comprender, e incluso para concebir, la grandiosidad de El Orden, pero sí podemos tener flashes, rapidísimos obturadores que se levantan unos instantes para permitirnos intuir algo allá afuera. Uno de estos flashes me iluminó recientemente, y quiero compartirlo con vosotros.
Cuando trabajaba en Barcelona, J era una de mis compañeros. Cuando llevábamos poco tiempo en Salzburgo, J se casó con su novia J, a cuya boda asistimos. Unos meses más tarde de empezar a escribir este blog, conocimos a una catalana que vive aquí, G. Resulta que G y J son del mismo pueblo en la provincia de Girona, e incluso que ella y la hermana pequeña de J fueron juntas a la escuela. El mundo es pequeño, diréis. Pero aún no he terminado.

Hace un par de meses entró a la empresa un nuevo compañero, G. Un fin de semana Mar y yo quedamos para tomar un café con él y su novia E, y resultó que E es amiga desde la infancia de K, que trabaja en la escuela de idiomas donde Mar da clases de español.
Hace un par de semanas volvimos a quedar con G, la catalana que fue a la escuela con la hermana de la mujer de J, y esta vez vino acompañada por su novio M. Y resultó que M se crió en el mismo pueblo de la Alta Austria en donde vivió G, mi nuevo compañero de trabajo, cuya novia es amiga de una compañera de trabajo de Mar, conociéndose las respectivas familias por ser vecinos desde hace mucho tiempo.

Así pues, tenemos una cadena de conocidos que abarca 10 personas diferentes antes de cerrarse sobre sí misma. ¿Cuál es la probabilidad de algo así? Sí, he oído hablar de eso de los seis grados de separación, y quizá también es cierto que somos realmente malos estimando la probabilidad de una coincidencia tal, pero... ¿no resulta mucho más bello imaginárselo como haberle echado un vistazo a El Orden?