Ya no volverás a esperar a que todos nos hayamos sentado a la mesa a comer para querer salir a la terraza.
Ya no volverás a quedarte dormida en posiciones imposibles.
Ya no volverás a seguir en la distancia a quien está barriendo la casa para comprobar que lo hace bien.
Ya no volverás a levantar la cabeza y a cerrar los ojos cuando te rasco bajo la barbilla.
Ya no volverás a perseguirme los pies cuando voy en zapatillas.
Ya no volverás a correr en círculos por la casa en tus cinco minutos diarios de locura, del comedor a la terraza, a la habitación, al pasillo, al comedor...
Ya no volverás a llamar desde la puerta a quien acaba de salir a bajar la basura.
Ya no volverás a mostrarnos esa mirada socarrona en tus ojos amarillos, como si ya estuvieras de vuelta de todo.

Ya no volverás a pedir que alguien te abra el grifo del lavabo para beber agua.
Ya no volverás a lamernos las puntas de los dedos con tu lengua, rasposa y suave a la vez.
Ya no volverás a recibirnos con maullidos de protesta cuando volvemos a casa después de dejarte sola uno o dos días.
Ya no volverás a restregar tu cabeza por mis rodillas cuando me agacho para saludarte, reconociéndome cada vez que vuelvo a casa y marcándome una vez más como tu propiedad.
Ya no volverás a soltar bufidos amenazantes a los invitados que intentan hacerte fiestas y acariciarte el lomo.
Ya no volverás a esconder las patitas bajo tu cuerpo cuando tienes frío.
Ya no volverás a adivinar la intención de mi madre ni correrás a esconderte bajo la cama antes de que te meta en la bañera.
Ya no volverás a meterte dentro de las bolsas de papel ni a asustarte de las de plástico.

Ya no volverás a pedirnos comida, discreta, dándonos con la patita blanda en el brazo mientras estamos comiendo.
Ya no volverás a salir a inspeccionar el rellano, la parte más misteriosa de tu mundo de cuatro paredes.
Ya no volverás a tenernos a todos en vilo paseándote tranquilamente por la barandilla del balcón.
Ya no volverás a caerte al patio de luces desde el tercer piso para hacerte sólo un rasguño en el morrillo.
Ya no volverás a dejar finísimos pelos de color gris en toda nuestra ropa.
Ya no volverás a liar una auténtica batalla campal cada vez que te llevamos al veterinario o cuando éste viene a casa.
Ya no volverás a quedarte dormida encima de nuestras chaquetas justo cuando tenemos que salir de casa.
Ya no volverás a preocuparnos a todos con los achaques de la edad y la mala salud de tus riñones.

Ya no volveré a maravillarme de la suavidad de tu pelo al acariciarte ni me volverás a responder con tu ronroneo agradecido.
La próxima vez que baje a mi casa, a Tarragona, sé que mi corazón esperará encontrarte en cualquier rincón, pero ya no volveré a verte.
Duerme, duerme para siempre, pequeña Grisona. Vuelve a la tierra y sigue brillando en nuestro recuerdo.