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martes, 24 de junio de 2008

Vecchi porti

Hay lugares en el mundo donde resulta más fácil estar en paz consigo mismo. Lugares donde el mar abraza dulcemente a los pueblos que se establecieron, milenios atrás, a su vera. Ciudades antiguas. Puertos viejos. Gentes sabias.

Trieste

Ciudades que, como Trieste, se me antojan mi hogar aunque, hasta este último fin de semana, nunca puse pie en ella. Pueblos que, como Muggia, me arrullan con una serenidad que jamás encontré más al norte, en Centroeuropa.





Edificios antiguos, paredes gastadas, gentes familiares, ventanas rotas, ropa tendida, calles angostas, farolas viejas, todo aquello que echas de menos cuando vives en el país de Pin y Pon, en el que aún buscas de vez en cuando la tramoya que aguanta el decorado...



Barques

Ese encanto de pueblos y ciudades de pasado modesto, cuya historia no está poblada por grandes riquezas que les permitieran renovar sus edificios más significativos cada poco tiempo, permiténdoles conservar un encanto y poseer una autenticidad que las otras, las que se mantuvieron al último grito en tendencias arquitectónicas, terminaron por perder.

Italia

Y sin duda, el Mediterráneo, que una vez más nos da la bienvenida, esta vez desde un nuevo ángulo, pero siempre el mismo, por cuyas aguas tantas veces me dejé acariciar. El mar y todos sus aparejos que, sin hacer el más mínimo esfuerzo, nos dan los mejores retratos del mundo.

Gavina

Moll2

Por cierto, encontré las espigas...

Infància

domingo, 1 de junio de 2008

¡Que llueva!, ¡que llueva!

Las riberas del Mediterráneo son una tierra dura.

Una de las primeras cosas que llaman la atención del expatriado mediterráneo al llegar a Austria es el verdor, ese verde saturadísimo, casi sobrenatural, que de puro brillante provoca dolor a unos ojos acostumbrados a los ocres rojizos de la tierra, al amarillo de la genista y la aliaga, al azul infinito del mar y al verde polvoriento de los olivos.

Al poco tiempo de vivir aquí, uno pronto descubre el porqué de ese verdor: la flora tiene una vida muy fácil en esta tierra, porque la lluvia es frecuente y abundante. Por eso los árboles crecen y crecen hasta convertirse en titanes de 30 y 40 metros de altura. Por eso adentrarse en el bosque fuera de senderos es casi misión imposible en primavera y verano si no se lleva un machete.

Las riberas del Mediterráneo, decía, son una tierra dura. Porque la lluvia es un bien cada día más escaso, además de caer, cuando lo hace, de forma violenta en un margen muy pequeño de tiempo, sobre un suelo seco que, incapaz de absorberla, acaba sufriendo inundaciones en vez de producir cosechas.

flors figuera de moro

Pero la vegetación mediterránea es, como sus gentes, vieja y sabia, y sabe esperar con paciencia, reservando sus energías para esas cuatro gotas de lluvia que caerán, sino hoy, tal vez mañana, o la semana que viene, o el mes que viene. Y cuando esas cuatro gotas caen al fin, saca fuerzas de la nada, lanza raíces para bebérselas ansiosa, echa diminutos brotes que le permitan seguir almacenando esa luz, ese sol, acumulando de nuevo fuerzas para la siguiente sequía.

brotes xiprers

Me fascina la vegetación mediterránea porque se aferra a la vida con ansia desgarradora y sale adelante a pesar de un entorno bien hostil. Me gusta porque me recuerda a sus gentes, a mis gentes, que convirtieron un erial en terreno cultivable a base de sudor, lágrimas, esfuerzo y tesón, bajo un sol implacable que todo lo quema.

pins

La semana pasada estuvimos en Cataluña. Al volver, mis compañeros de oficina me preguntaron, como de costumbre, si habíamos tenido buen tiempo. Y yo les respondí que sí, que nos llovió todos los días y que nos había hecho el mejor tiempo que podía imaginarse. No estoy seguro que comprendieran mi sonrisa ni la alegría que llenó mi corazón al ver mi tierra verde y viva.

rambla

domingo, 16 de diciembre de 2007

El Origen de Todas las Cosas

Cuando decides irte a vivir a otro país, debes tener muy claro que habrá muchas cosas que vas a echar de menos. Además de a tu familia y a tus amigos, por supuesto, la mayoría de cosas que acabas echando de menos te sorprenden, porque son más bien triviales, como los kikos, la música de la máquina tragaperras en un bar o los ceniceros con agua, y porque en muchos casos te das cuenta de lo que echas de menos cuando vuelves a verlo.

También hay cosas que sabes de antemano que echarás de menos. Antes de mudarnos a Austria le dije a un austríaco que una de las cosas que más iba a echar de menos era el mar. Me miró extrañado, y me dijo que no me preocupara, que aquí había muchos lagos a los que ir a nadar en verano. Claro. Genial. No son las actividades que uno puede hacer en el mar lo que me falta. Echo de menos el mar. Así, a secas. Pero no lo entienden. Tal vez no puedan entenderlo.



Por suerte sé que no estoy solo. Sé que alguien me entiende. Porque veo comprensión en los ojos azules de mi amigo K, en los que se adivina el reflejo del Mar del Norte ante la proa de su Phaleron. Porque veo comprensión en la sonrisa socarrona de una chica de Suecia, que se preguntaba cuál era la gracia que le encuentran los alemanes que se compran un barquito para dar vueltas a un lago.



Pero, ¿qué tiene el mar para que los que hemos crecido a su orilla lo echemos de menos de esta forma? ¿Por qué nos atrae el mar?

Mi madre siempre ha dicho que necesita tener el mar cerca porque representa una vía de escape. Porque sabiendo que el mar está ahí no se siente atrapada en tierra firme. Puede ser que haya algo de eso, aunque me parece que hay algo aun más profundo.



Porque el mar es el origen de todo. El mar nos dio la vida hace millones de años, y nos mantiene con vida desde entonces. Es el mar el que nos da el pan. Cuando estoy mirando al mar, me maravillo de su belleza, y podría pasar horas y horas observándolo, escuchando las olas romper en el acantilado, dejándome llenar por el olor a salitre y sal, respetando su poder infinito. Cuando estoy mirando al mar pienso que justo ahí, ante mí, comenzó todo. Y ver que sigue ahí, después de tanto tiempo, me da una sensación de calidez y seguridad muy parecida a la que se siente al volver al hogar. Porque, creo, el mar es en realidad nuestro hogar.



Vivo lejos del mar. Por suerte, sé que está ahí, y sólo necesito cerrar los ojos para ver los colores, para escuchar las olas soltando sus blancas cabelleras antes de morir en la arena de la playa con un murmullo.

sábado, 4 de agosto de 2007

El alma de una ciudad

Ayer vimos una película, Resist, sobre la historia de la compañía de teatro The Living Theatre. En una de las escenas salía un baile de fiesta mayor en Rocchetta Ligure, un pueblo en el Piamonte. A pesar de no haber estado nunca en ese pueblo, todo resultaba terriblemente familiar: las luces en la calle, las parejas de edad bailando, la música, el escenario, la decoración. Podría haber sido cualquier pueblo del levante español. Una vez más me di cuenta que no somos para nada distintos.

En realidad pensamos esto bastante a menudo. Cada vez que topamos con un grupo de turistas italianos, cada vez que entramos en una tienda o un mercado turco, cada vez que comemos un plato libanés, nos damos cuenta que, de algún modo extraño, todos los puertos del Mediterráneo, Málaga, Beirut, Génova, Túnez, Valletta, Alejandría, Izmir, Palermo, Barcelona, ... son en realidad un solo puerto, viejo y sabio, que hace que sus gentes se sientan más confortables, más en casa, en un ruidoso mercado marroquí que en un elegante café vienés.



El Mediterráneo fue la primera gran autopista de la Historia, y el motivo que llevó a todos los pueblos mediterráneos a hacerse a la mar fue el mismo: el comercio. Y con el comercio vino el intercambio cultural entre gentes muy diversas: las culturas mesopotámica, egipcia, persa, fenicia, judía, griega, latina, árabe y turca tuvieron su origen en sus costas. El Mediterráneo es, en última instancia, la cuna de la civilización occidental tal y como hoy la conocemos.



Las rutas comerciales traen variedad, noticias, tecnologías, ideas, revoluciones. Y todo esto llegaba al punto que creo que constituye el centro, el corazón y el alma de una ciudad: su mercado. Y soy de la opinión que los mercados de hoy en día todavía conservan el alma de antaño. Por eso nos gusta tanto visitar mercados en cualquier parte.



Siempre que estamos en una ciudad, si queremos tomarle el pulso, si queremos oír su respiración, ver su corazón, vamos al mercado. Porque en un mercado de verdad jamás te sientes extranjero. Porque puedes ver a la gente que vive de verdad en la ciudad. Porque puedes juzgar cuán abierta de mente es la ciudad simplemente sentándote en el mercado y observando a tu alrededor. Por eso nos encanta ir al Grünmarkt o al Schrannenmarkt en Salzburgo. Por eso hemos estado en el Naschmarkt de Viena, en el Portobello Road Market de Londres, en el Viktualienmarkt de Munich, en el Winterfeldtmarkt y el mercado turco de Kreuzberg en Berlín.



Y una vez más para confirmar que tu casa es lo que peor conoces, debo confesar avergonzado que nunca he estado en La Boqueria de Barcelona. Pero tengo la intención de cambiarlo muy pronto.