Vecchi porti
Hay lugares en el mundo donde resulta más fácil estar en paz consigo mismo. Lugares donde el mar abraza dulcemente a los pueblos que se establecieron, milenios atrás, a su vera. Ciudades antiguas. Puertos viejos. Gentes sabias.
Ciudades que, como Trieste, se me antojan mi hogar aunque, hasta este último fin de semana, nunca puse pie en ella. Pueblos que, como Muggia, me arrullan con una serenidad que jamás encontré más al norte, en Centroeuropa.
Edificios antiguos, paredes gastadas, gentes familiares, ventanas rotas, ropa tendida, calles angostas, farolas viejas, todo aquello que echas de menos cuando vives en el país de Pin y Pon, en el que aún buscas de vez en cuando la tramoya que aguanta el decorado...
Ese encanto de pueblos y ciudades de pasado modesto, cuya historia no está poblada por grandes riquezas que les permitieran renovar sus edificios más significativos cada poco tiempo, permiténdoles conservar un encanto y poseer una autenticidad que las otras, las que se mantuvieron al último grito en tendencias arquitectónicas, terminaron por perder.
Y sin duda, el Mediterráneo, que una vez más nos da la bienvenida, esta vez desde un nuevo ángulo, pero siempre el mismo, por cuyas aguas tantas veces me dejé acariciar. El mar y todos sus aparejos que, sin hacer el más mínimo esfuerzo, nos dan los mejores retratos del mundo.
Por cierto, encontré las espigas...
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