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sábado, 12 de septiembre de 2009

Mannahatta

El 11 de septiembre de 1609 el explorador británico Henry Hudson, por encargo de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, zarpó desde la costa atlántica de Norteamérica a bordo del Halve Maen (media luna) para explorar un estuario muy prometedor, tal vez creyendo haber encontrado el paso del noroeste hacia Asia. Después de cruzar los Narrows, pronto avistó la punta sur de una isla que estaba destinada a convertirse en el centro del mundo. El pueblo Lenape, sus habitantes de entonces, la llamaban Mannahatta, la "tierra de muchas colinas".



Hoy, 400 años más tarde, tenemos la ocasión de ver esa misma isla a través de los ojos de Henry Hudson. El Proyecto Mannahatta lo ha hecho posible.

martes, 16 de junio de 2009

Great Plains

He visto la tierra cubierta por una gruesa capa de hielo, cuyos reflejos con los rayos oblicuos del sol eran de una belleza capaz de hacer aflorar lágrimas a los ojos de cualquier mortal.

He visto el hielo fundirse para dejar paso a un vasto océano primigenio en cuyo vientre todo comenzó.

He visto el violento choque de los continentes, he visto masas de tierra emerger, he visto organismos verdes conquistarlas.

He visto el nacimiento de gigantescas montañas de roca en el oeste.

He visto una brillante explosión en el sureste que trajo consigo frío, hambre y muerte.

He visto al océano dejar paso a un mar de hierba, en cuyos vastísimos pastos moraban gigantescas manadas de bisontes, más allá de donde alcanza la vista, mucho más allá de mis extensos dominios.

He visto a la Gente Roja viviendo en equilibrio con la Naturaleza, alimentándose de los bisontes y reverenciándolos al mismo tiempo.

He visto la Gran Corriente en el este.

He visto a las primeras Gentes Blancas llegar desde el sur, impulsados por la codicia, en busca de los descendientes de los siete obispos de Mérida, en busca de las míticas ciudades de Cíbola y Quivira. Los he visto fracasar.

He visto a las siguientes Gentes Blancas llegar desde el este, al principio en carretas de frágil construcción, más tarde montados en humeantes corceles metálicos, siguiendo incansables sus brillantes caminos.

He visto a la Gente Blanca cazar millones de bisontes para vender sus pieles y sus huesos, dejando el resto para la podredumbre. He visto la práctica extinción de los bisontes por pura codicia.



He visto Gentes Blancas forzando a Gentes Rojas a marcharse, hacia el oeste o a encerrarse en reservas.

He visto millones de asentamientos, he visto la tierra dividida en innumerables granjas de no más de 500 acres, pobres Gentes Blancas intentando sobrevivir de ellas.

He visto avances tecnológicos abrir hondas heridas en la tierra. He visto arados con el poder de destrozar el suelo, el mismo suelo que podía retener la humedad incluso en largos períodos de sequía.

He visto a la gente creer erróneamente que el clima de la región había cambiado, que era cierto que "el arado llama a la lluvia". He visto la tierra convertida en granero para los contendientes de una guerra lejana. He visto mecanización. He visto exprimir la tierra hasta agotar la última de sus riquezas.

He visto el retorno de la sequía. He visto las capas superiores de la tierra siendo literalmente arrastradas en mis brazos en tormentas de arena, he transportado el suelo a miles de millas hacia el este, depositando la mayor parte en el fondo del océano. He creado ventiscas negras en medio continente.



He visto millones de personas forzadas a abandonar sus casas enterradas bajo la arena. Los he visto cargar sus míseras posesiones en camionetas destartaladas y emprender el viaje hacia el oeste, la tierra de los naranjos en flor y los ríos de miel... o eso es lo que ellos creían. He visto miseria, hambruna y muerte.

He visto miles de pueblos fantasma.

He visto extraños círculos en la tierra, he visto consumir agua mucho más rápido de lo que puede regenerarse.



He visto elegantes torres blancas crecer en la tierra. Voy a regalarles una pequeña parte de mi infinita energía.



(todas la imágenes han sido tomadas de Wikimedia Commons)

martes, 10 de febrero de 2009

Pequeñeces (i)

Hace una semana, nuestro ordenador empezó a tener achaques: pantallas azules de la muerte, comportamiento aleatorio, etc. Después de investigar durante toda la semana, reinstalar el sistema operativo, ver que seguía fallando, y desesperarme un poco, intentarlo de nuevo, que si quieres arroz catalina, nos dimos cuenta que era un fallo en uno de los módulos de memoria. Así que lo sustituimos por uno nuevo y aquí volvemos a estar, después de una semana sin ordenador.

Pasado todo el fregao, pensaba yo que es curioso como algo tan pequeño como uno de los chips de memoria de un módulo (no más grande que la uña del dedo pulgar) puede tener un impacto tan grande sobre nuestra vida diaria (porque, no nos engañemos, sin ordenador e internete no somos nada).

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Siempre me han fascinado cosas aparentemente pequeñas o hechos insignificantes que, sin embargo, tienen el potencial de cambiar nuestras vidas para siempre, o dirigir la evolución de nuestra sociedad hacia derroteros insospechados.

A principios del otoño de 1872, algunos caballos de la provincia de Ontario, en Canadá, comenzaron a mostrar signos de debilidad: apenas si podían mantenerse en pie, tosían violentamente y no tenían fuerza para arrastrar ningún tipo de carga. Fue el comienzo de la gripe equina de 1872, que se extendió rápidamente por toda la mitad este norteamericana. El Gran Incendio de Boston, en el mismo año, fue tan devastador porque todos los caballos del departamento de bomberos estaban enfermos.

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Esta epidemia fue una de las causas principales del llamado Pánico de 1873, que marcó el inicio de la Larga Depresión, que duraría hasta 1879. Con prácticamente el 100% de los caballos enfermos, la economía sufrió un parón difícil de imaginar: los ferrocarriles dejaron de funcionar, puesto que no había forma de hacer llegar el carbón a las locomotoras. La epidemia forzó a los hombres a arrastrar vagones a mano, los tranvías se detuvieron y los suministros básicos no podían llegar a las ciudades.

Unos años antes, en 1863, uno de los muchos barcos que realizaban la ruta transatlántica trajo un inadvertido polizón en el viaje de vuelta a Europa. La filoxera iniciaba así su extensión por el Viejo Continente, destruyendo a su paso todos los viñedos de Vitis vinifera. En 1877 cruzan por primera vez los Pirineos y llegan a las regiones vinícolas de Cataluña.

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Los agricultores de la vid en Cataluña disfrutaban de los denominados contratos de rabassa morta, es decir, un agricultor tenía derecho a cultivar las tierras mientras las viñas estuvieran vivas. Como las plantas europeas duraban unos 70 años, este contrato se alargaba durante toda la vida del agricultor. Para luchar contra la filoxera, se realizaron injertos de cepas europeas en troncos americanos, naturalmente resistentes al parásito. Estas nuevas plantas tenían una vida mucho más corta, unos 20 años, lo cual dejaba a los agricultores jóvenes sin tierras ni trabajo, prácticamente a la merced de los patrones, que podían alargar o no los contratos agrarios de forma arbitraria.

Los rabassaires catalanes sufrieron un gran descontento y, organizados en sindicatos como la Unió de Rabassaires, fueron uno de los muchos factores que contribuyeron a la victoria electoral del Frente Popular en 1936. Todos sabemos lo que vino después.

A pesar que podemos estar tentados de ver en el virus de la gripe o en la filoxera a los malos de la película, a los causantes directos de tanto sufrimiento, en realidad las tragedias humanas suelen estar causadas por los propios humanos, por nuestras estructuras sociales arcaicas, por nuestra avaricia o por nuestra mezquindad.

(continuará...)

lunes, 20 de octubre de 2008

La calle del español negro

Este fin de semana hemos estado en Viena, y una de las cosas que me llamaron la atención fue descubrir que hay una calle llamada Schwarzspanierstrasse (lit. calle del español negro).


Ver mapa más grande

Pues bien, un par de preguntas a San Google nos permiten descubrir que los susodichos españoles negros no fueron otros que los monjes benedictinos de la abadía de Montserrat, que construyeron en el siglo XVI en aquella zona un convento cuya iglesia también se conoce como Schwarzspanierkirche. Parece ser que los benedictinos de Montserrat llevaban hábitos de color negro, en contraposición a otras ordenes monásticas españolas presentes en Viena, que los llevaban blancos. De ahí el nombre.

La original Schwarzspanierkirche fue destruida durante el asedio otomano de 1683. Luego fue reconstruida en estilo barroco, para perder más tarde el campanario por el fuerte impacto de un rayo en 1755. Abandonada por los benedictinos en 1780, el emperador José II toleró su saqueo y ordenó su reconversión en almacén militar. Luego fue reutilizada como templo protestante por el ejército (durante este tiempo se la conocía como Garnisonkirche, la iglesia de la guarnición) y a partir de la anexión de Austria por parte de la Alemania nazi fue restaurada e incluso alojó una importante pintura del nuremburgués Joachim von Sandrart. Los bombardeos aliados de 1944 la destruyeron prácticamente entera y jamás fue reconstruida. Hoy en día puede verse la restaurada fachada principal.

lunes, 28 de enero de 2008

Lost & found

3500 negativos de la serie de fotografías de Robert Capa sobre la Guerra Civil han sido encontrados en México. Después de haberse dado por perdidos durante más de 70 años, podremos acabar sabiendo algo más de algunas de sus fotografías más famosas.

Robert Capa, nacido en Budapest en 1913 como Endre Ernő Friedmann, fue uno de los más grandes fotógrafos del siglo XX. La más famosa de sus fotografías es probablemente "Spanish Loyalist", tomada cerca de Cerro Muriano, en Córdoba, y que ilustra la muerte de un miliciano anarquista bajo el fuego de las ametralladoras nacionales.



La proximidad al sujeto, la exposición perfecta, la captura del momento, el ángulo... todo ello suscitó dudas sobre la autenticidad de la toma. Se dijo que Capa podría haber simulado la caída del soldado para realizar la foto. Hasta 1995, en que Mario Brotóns Jordà, alcoyano que también luchó en Cerro Muriano con la República, publicó sus memorias sobre la Guerra Civil.

Brotóns reconoció las cartucheras del miliciano de la fotografía, y en especial el diseño y el trabajo del cuero, como provenientes de Alcoy. Basándose en otros estudios que databan la fotografía de Capa el 5 de septiembre de 1936, Brotóns descubrió que un único anarquista de Alcoy constaba como muerto en esa fecha en los archivos: Federico Borrell García. Brotóns encontró a un hermano suyo que fue capaz de identificar a Federico en la fotografía. Así pues, el miliciano de Capa cayó verdaderamente en combate.

Quién sabe qué van a contarnos estos recién encontrados negativos sobre las circunstancias, sobre la gente, sobre los sueños y sobre las pesadillas de una generación entera. Capa dijo una vez que si tus fotos no son buenas es porque no estabas suficientemente cerca. No sólo se refería a la proximidad física sino también a la proximidad emocional con los sujetos retratados necesaria para realizar una buena fotografía.

Pero hay otra cita de Robert Capa que me gusta mucho. Dijo una vez, en una entrevista con el World Telegram: "No se necesita trampa alguna para fotografiar en España. No es necesario hacer posar a los sujetos. Las fotografías están ahí, tú sólo tienes que disparar."

domingo, 20 de enero de 2008

Sirenas de destrucción

Cada sábado, a las 12 en punto del mediodía, hacen sonar las alarmas de la ciudad de Salzburgo (y, por lo visto, las de cada pueblo y ciudad en Austria) como prueba durante medio minuto. Su sonido, largo y estridente, siempre me ha recordado a las alarmas antiaéreas. De hecho, podría bien ser que sean las antiguas alarmas de la Segunda Guerra Mundial, reaprovechadas como sirenas...

Salzburgo sobrevivió el final de la Segunda Guerra Mundial relativamente bien. Su posición geográfica, muy alejada de las fronteras del Deutsches Reich de entonces, la mantuvieron fuera del alcance de los bombarderos aliados hasta la muerte de Mussolini. Su poca importancia estratégica, en comparación con otras ciudades más industriales como Hallein, Linz o Graz, permitió que fuera más o menos ignorada incluso cuando los Aliados ya dispusieron de capacidad operativa desde Italia.

Los bombardeos aéreos sobre Salzburgo (un total de 15) comenzaron en octubre de 1944. La gente tenía que correr a refugiarse bajo las montañas, Kapuzinerberg y Festungsberg, en los refugios excavados en la roca. La Hexenturm (torre de las brujas), parte de antiguas defensas militares, no muy lejos del actual Schrannenmarkt, fue literalmente borrada del mapa. Uno de los depósitos de agua de la ciudad, en la Mönchsberg, también fue destruido, uniendo así la inundación al caos existente. Una bomba incluso entró en la catedral barroca, perforando la cúpula, pero no llegó a estallar. Se dice que la Virgen hizo un milagro...



Yo supe de los bombardeos sobre Salzburgo por primera vez en un libro que cacé hace un tiempo, una autobiografía del escritor Thomas Bernhard, que pasó su infancia en Salzburgo durante la Segunda Guerra Mundial.

Por suerte, nunca me he tenido que encontrar en medio de un bombardeo, y no tengo ni idea de cómo actuaría. Creo que el miedo me paralizaría por completo, pero espero no descubrirlo jamás. Lo que sí sé es que lo único que queda al final es destrucción, silencio, vacío. Pero nosotros los humanos no parece que aprendamos la lección.



La famosa vista de Dresde desde la torre del ayuntamiento me viene a la cabeza. O la quietud fantasmal del pueblo viejo de Belchite, destruido por las tropas nacionales durante la Guerra Civil y mantenido tal y como quedó como tributo y también como advertencia.

Espero no saber nunca qué se siente al caminar entre las ruinas de tu ciudad después de ser destruida. Pero me imagino que el corazón se debe encoger de forma parecida que al caminar por un bosque después de un incendio forestal. Es una imagen que jamás podré olvidar. Fue en Vespella, cerca de Tarragona. Había subido en bici hasta la cima de la colina, y al otro lado, hasta donde me alcanzaba la vista, no había más que desolación y paisaje lunar. Cadáveres de árboles, ennegrecidos y torturados. Cenizas. El olor a madera quemada. El silencio sobrenatural. Destrucción. El vacío más absoluto.