domingo, 27 de junio de 2010

Pennsylvania

En noviembre del año pasado íbamos paseando por la calle 34 de Manhattan, poco después de haber realizado nuestra segunda contribución económica a la reconstrucción del Templo de Salomón. Era el día de Acción de Gracias y, con las calles y avenidas aún cortadas al tráfico por el desfile de Macy's, el espectáculo era realmente singular, por unos pocos minutos los peatones recuperando el espacio que durante todo el año pertenece exclusivamente a los conductores.

Reclaim the streets

Al llegar a la Séptima Avenida, miré hacia el sur y vi cuatro banderas al contraluz del sol y, sin pensarlo dos veces, estrené el objetivo de 50mm (por tercera vez, por cierto...). Me gusta la foto porque el fondo relativamente oscuro hace contrastar aún más las banderas iluminadas por el sol desde atrás. El mismo efecto se produce a menudo en el bosque, cuando el sol ilumina las hojas de los árboles de forma que parecen emitir luz propia.

Hotel Pennsylvania

Las cuatro banderas pertenecen, como puede verse, al Hotel Pennsylvania. Mucho más tarde me enteré de que, sin tener ni idea, le había tomando una foto a uno de los muchos monumentos anónimos que pueblan la ciudad de Nueva York.

El Café Rouge del Hotel Pennsylvania acogió numerosas actuaciones en directo de las más famosas Big Band de los años 40 y 50, como los Dorsey Brothers, Count Basie, Duke Ellington y la Glenn Miller Orchestra.

El Hotel Pennsylvania también presume de poseer el número de teléfono más antiguo de la ciudad de Nueva York aún en uso: el +1 (212) 736-5000, que marcado desde la ciudad se limita a 736-5000 o, utilizando el código de letras habitual en los Estados Unidos, 7=P y 3=E, el PE-6-5000, por PEnnsylvania-6-5000. Ahí es justamente donde Finegan, Grey y Sigman se inspiraron para la famosa canción, que popularizaron las Andrews Sisters y el mismo Glenn Miller.



Hace poco he leído que el Hotel Pennsylvania tiene los días contados: parece que sus propietarios, la compañía inmobiliaria Vornado, quieren demoler el edificio, que tiene poco más de 20 plantas, para construir un bloque de oficinas de 67 pisos. Está claro que en el centro de Manhattan ni siquiera los monumentos están a salvo de la voracidad del mercado inmobiliario...

viernes, 11 de junio de 2010

Buscando el agua desesperadamente



Tomateras time-lapse

sábado, 15 de mayo de 2010

Chianti

domingo, 9 de mayo de 2010

Der Garten an der Salzach

Si pasas por la parada de autobús de Ferdinand-Hanusch-Platz tal vez puedas verlos ahí, sentados en los cuatro asientos metálicos que son su territorio exclusivo. O quizás los veas entrando en el supermercado de la acera de enfrente, para gastarse las pocas monedas que han conseguido Dios sabe dónde. Su compra suele limitarse, desgraciadamente, a latas de cerveza, la primera de las cuales abrirán sin excepción antes de cruzar el primero de los dos semáforos que tienen que cruzar para volver a la parada del autobús.

Ahí están casi siempre, a veces silenciosos y melancólicos, en ocasiones ruidosos y vociferantes, pero siempre mudos testigos del otro lado, del lado oscuro de la sociedad, que cada día nos recuerdan aquello que bien pudiera ocurrirle a cualquiera de nosotros, en uno de esos reveses que la vida, siempre generosa en sorpresas, nos depara. Un destino cada vez más común y ante el cual tendemos a mirar hacia otro lado, o peor aún, a echarles la culpa de su infortunio a ellos, que son el eslabón más débil de una sociedad de la cual todos formamos parte y de cuyo buen funcionamiento, al fin y al cabo, todos tenemos que rendir cuentas.

Herr G es uno de ellos. Su día consiste en dejar pasar las horas entre la parada de autobús y los veinte metros y dos semáforos que la separan del supermercado, hacer valer su derecho a uno de los cuatro asientos metálicos y observar con mirada extraviada a los transeúntes o a la gente que espera nerviosa a su autobús. Por las mañanas se lo puede ver a la otra orilla del río, empujando un viejo y oxidado carrito de la compra en el que amontona todas sus pertenencias, y del que raramente se separa más de unos metros. Con cuidado, silenciosamente, cuando la ciudad aún se está despertando, Herr G aparca su carrito en un recodo del paso de bicicletas bajo el puente y, si el tiempo acompaña, se sienta en uno de los bancos cercanos que, en definitiva, son lo más parecido a un hogar que tiene.

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Porque Herr G sabe que todo hogar que se precie tiene que tener un jardín, y por eso ha adoptado dos pequeños parterres enfrente de los bancos para plantar algunas flores, distribuir piedrecitas en figuras geométricas, alinear piñas, alojar un par de enanitos de jardín e incluso plantar un molinillo de viento. Herr G se sienta en su banco y observa los alegres colores del molinillo al girar y sonríe para sus adentros antes de levantarse e ir a pasar la mañana a la parada de autobús de Ferdinand-Hanusch-Platz.

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Más tarde, Herr G se sentará de nuevo en su banco y dejará que el sol de mediodía caliente sus viejos huesos, sin perder detalle de las evoluciones de dos adolescentes en sus bicicletas, preparado para echarlos a voces en caso que se acerquen demasiado a su jardín. Luego, Herr G cerrará los ojos de nuevo y echará una cabezada.

herr gaertner